TECNOCULTURA: vivir en una historia de ciencia ficción

El coronavirus nos ha lanzado al futuro, a una vida más conectada. (Foto: elcomercio.pe)

Por MARYAM CAMEJO

Imagínate despertar a las 6:00 a.m. para empezar el día. Prender los datos móviles y lavarte los dientes al sonido de las notificaciones, caminar de regreso al cuarto para cambiarte de ropa y encender la computadora en el camino, tomar café frente a Google News abriendo otra pestaña para el correo, revisar las tareas de la jornada en Todoist y encontrar entre los pendientes pagar una factura, revisar si ya tienes el salario en tarjeta, y llamar a no sé cuántas personas que, como tú, despertaron temprano para, igual que tú, sentarse frente al universo Internet a pegarse las próximas cuatro, cinco, o incluso 24 horas tra-ba-jan-do.

Este texto no versa sobre el autocuidado –porque, claro, podríamos hablar de crisis de cervical, sacrolumbalgia, trombosis, desgaste visual–, sino acerca de una reconfiguración de la vida como la conocemos. En algunas partes del mundo la transformación comenzó hace un tiempo, pero sin duda el confinamiento debido a la COVID-19 la intensificó. Otros, que en enero de este año no vivían así, se convirtieron en teletrabajadores y muchos van camino a serlo. ¿Tienes idea de hasta dónde esto significa una nueva rutina? ¿Lo has pensado? Pues por ahí van estas líneas: desde la educación de tus hijos hoy hasta la de tus nietos y los cambios en tu propia vida en los próximos años; las nuevas formas de explotación; y un mundo “más conectado”, vulnerable a más explotación.

Empecemos por el principio.

El cambio continuo es el principio

Analistas y filósofos advierten de que se está produciendo en estos momentos una nueva revolución industrial. Ha crecido la cifra de personas conectadas a Internet y el consumo ha aumentado por la pandemia. Esta conexión no llega de igual manera a todos en el globo. Una parte de la humanidad interactúa en el entorno digital desde un ambiente físico cómodo y estable. Otra parte lo hace desde lugares donde ni siquiera hay agua o donde hay poca comida. Las condiciones de vida desiguales rodean a ciudadanos que, pese a todo, están conectados. Dichas condiciones también influyen en el consumo de Internet: cómo la utilizan, para qué, y por supuesto, existe una brecha digital innegable, más grande con respecto a los que ni siquiera tienen un teléfono pero existente también con los que hacen un uso “pobre” de la red de redes –por llamarlo de alguna manera.

Dicho eso, resulta evidente que, en la medida en que siga adelante la carrera por las 5G de las grandes potencias, otros quedan rezagados “luchando” con la 3G y aprendiendo cómo desenvolverse en el nuevo mundo, que nada tiene que ver con Cristóbal Colón.

Por otro lado, valga acotar que conectarse desde un teléfono entraña ciertas diferencias con el hecho de hacerlo desde una computadora donde instalas versiones desktop de tus apps de Android, trabajas en documentos online compartidos o llenas formularios de Google Form. De nuevo, es la brecha digital en todas sus manifestaciones.

Pero una vez superadas todas las variantes anteriores, y frente a la necesidad u obligación de vivir conectados sin límites, muchas cosas pueden cambiar. Para algunos, como dije antes, ya empezó esa transformación.

Por un lado, el nuevo esquema de vida incluye niños que crecen más cerca de las pantallas, que aprenden rápido cómo funciona las apps o los programas de PC, que también entrarán antes a redes sociales, y que incluso quizá sepan antes de los 25 años lo que implica estudiar online.

Muchos trabajos, empresas o sectores completos de industrias podrán laborar desde la casa o desde nuevas distancias. Pensemos, por ejemplo, en periodistas, comunicadores, publicistas, desarrolladores, profesores, consultores. Esta transformación de las rutinas productivas en las labores del futuro supone una educación que siga el paso de los cambios. Sería ingenuo creer que mientras se requieren y exigen soluciones digitales para diversas situaciones, la enseñanza siga siendo analógica, o con un nivel de informatización insuficiente. Formar ciudadanos y ciudadanas para trabajos del futuro significa el conocimiento del entorno digital dentro de las aulas, y no solo fuera de ellas.

Claro que esto trae nuevos retos. Varios son los estudios que advierten de trastornos psicológicos, ansiedad y depresión, provocados por las redes sociales en adolescentes. Déficit de la atención por la incapacidad de dejar a un lado los teléfonos. Precisamente de esto último trata el libro La civilización de la memoria de pez, del especialista en transición digital Bruno Patino.

“Los peces rojos a los que se refiere su título cuentan con una memoria limitada a los ocho segundos. La de los nativos digitales, según Patino, ya solo va uno por delante: a partir del décimo segundo, su cerebro se desconecta y se pone a buscar “una nueva señal, una nueva alerta, otra recomendación”, reseña el volumen Álex Vicente para El País.

Entonces, no se trata solamente de la presencia en el entorno digital y su utilización, sino también de una interacción saludable con las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC).

 

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